De Costa a CostaViaje con Duende

Cuando en el avión empezamos a sobrevolar Estados Unidos, tuvimos muchas horas aún hasta llegar al destino. En esas horas no dejamos de pensar que todo lo que estábamos sobrevolando lo íbamos a conocer, de punta a punta, de cabo a rabo… de costa a costa.

San francisco es la ciudad más europea de todos estados unidos, y una ciudad con mucha vida y mucha personalidad. Eso se ve nada más llegar. Fuimos a Sausalito, a Alcatraz y a ver un partido de beisbol. Todo perfecto, y el hotel situado en un sitio perfecto. La verdad es que es una ciudad cómoda y fascinante, pero lo que más nos gustó fue la visita que hicimos a la zona sur, de acantilados, para ver Monterrey y Carmel. Es un pueblo de ensueño, donde gobernó como alcalde el gran Clint Eastwood, y que (al margen de sus locas leyes) parece un pueblo sacado de un cuento.
Cuando llegas ves que el nombre de grandiosa catedral de la naturaleza le viene al pelo. Alojarse dentro del parque resultó un gran éxito, porque es la mejor forma de sentir su paz nocturna. Cuando todos duermen, el parque sigue latiendo, y ese paseo nocturno se queda para siempre con nosotros.
Salimos del parque por Tioga Road, y lo que iba a ser un camino en coche se convirtió gracias a los consejos que llevábamos en uno de los días más impresionante del oeste americano. La primera parada en ruta fue Olmstead Point, un lugar perfecto para hacer postales! La vista es magnífica. Se divisa el Half Dome justo desde el lado contrario desde donde se ve en el valle. No sé cuántas fotos haríamos. Justo más allá de Olmstead Point hay un púlpito de granito muy grande al que se puede subir fácilmente y vimos desde allí el imponente lago Tenaya en una panorámica de 360 grados que no tiene precio. Continuando por el Tioga Road llegamos a Lee Vining donde paramos a echar gasolina y a Mono Lake que es un lago de montaña con una enorme salinidad, lo que ha formado unas espectaculares estructuras de sal que se llaman tufas y también resultaron muy fotogénicas.
Al final del día no esperaba Las Vegas. Qué decir de esta ciudad. Cualquier cosa que quieras hacer, se hace aquí. A veces da la sensación de que se les ha ido un poco de las manos, pero es una experiencia americana en estado puro.
Al día siguiente, Page, otra de las sorpresas del viaje. No habíamos oído en la vida ese pueblo, pero la visita mereció muy mucho la pena. A un lado, una increíble herradura donde hacer una de las fotos más preciosas que se pueden hacer en la vida. Al otro, el increíble Antílope Canyon, con los indios navajos enseñándote su tierra y la luz entrando dando unos colores imposibles al cañón… un precioso día de paisaje americano. Al día siguiente volvimos a Las Vegas, y desde allí visitamos el Gran Cañón, espectacular e imponente, pero por desconocido, todo lo anterior nos sorprendió mucho más.
Nuestro primer salto en avión nos llevó a la cuna del jazz, Nueva Orleans, la ciudad con más encanto que jamás haya visitado. Puro soul. Todo la ciudad la tiene y lo derrocha, pero donde más se puede disfrutar es en French Quarter. Es el punto de origen de la ciudad y presenta un ambiente de festividad además de ser muy colorido y la actividad se centra alrededor de Jackson Square.
También hicimos una visita a las plantaciones, básica para oler de verdad el espíritu sureño (además de ver algún caimán). Las grandes mansiones te llevan a otra época.
El último salto nos levó a Nueva York. Ciudad que ya habíamos visitado y a la que volveremos. Poco se puede escribir de esta ciudad que no hayan escrito otros. Ahora, la visita al mercado de Chelsea, o no la había hecho antes o mucho ha cambiado. Muy recomendable.
Una aventura donde apreciar que realmente es un gran país, no sólo en dimensiones, y que lo tiene todo: cuatro ciudades (san francisco, las vegas, nueva Orleans y nueva york) que no se parecen entre sí en absolutamente nada, y una colección de naturaleza, desierto, cañones, bosques, lagos de montaña inigualable… Estados Unidos tiene Duende.