NaturalezaViaje con Duende

Al llegar a Auckland fuimos al hotel, dejamos las maletas y nos apresuramos a conocer el país. El ferry a Davenport nos permitió ver la ciudad con perspectiva, y apreciar su lado más moderno. Casi fue lo único que el jetlag nos permitió apreciar. Pero claro, no nos importó mucho. No hemos venido al fin del mundo a ver edificios ni distritos financieros.

Mucho más descansados tras bastantes horas de sueño, cogemos el coche de alquilar y empezamos la aventura. Por la tarde llegamos al Tamaki Maori Village. La experiencia Tamaki comienza con un viaje en el tiempo. Una ceremonia de bienvenida tradicional nos recibió a la entrada a la aldea. Enormes hogueras en frente de las casas tradicionales, el sonido de los instrumentos antiguos maoríes y de las actividades de la gente, crean una atmósfera inigualable.En el corazón de este pueblo, la casa de la reunión, el grupo de cultura Rangiatea ofrece una visión especial de muchas de las tradiciones, las canciones y la historia del pueblo maorí. Para rematar esta experiencia disfrutamos de los productos tradicionales cocinados en sus hornos hechos bajo tierra, mientras disfrutamos de las danzas maoríes. Un espectáculo Al día siguiente fuimos al parque termal Wai-O-Tapu. El parque es una maravilla de una impresionante actividad geotérmica: piscina de Champagne, enormes cráteres volcánicos, fumarolas, coloridas piscinas de agua caliente y fría y la mayor piscina de lodo burbujeante del país. Nada más empezar participamos en la impresionante erupción de géiser Lady Know que ocurre todos los días a las 10:15 AM. No es natural, lo ayudan, pero es impresionante. El resto del parque, olores aparte, merece mucho la pena.
Todo el recorrido por la isla norte fue precioso, pero toda la gente que nos encontramos durante el viaje no nos engañaba. La isla sur es una barbaridad que te desborda. El parque nacional Nelson, con sus bosques pluviales y su paseo en barca nos recibieron. Nos dejaron en una isla desierta para dar un paseo con sus bosques, y siguiendo un camino llegamos al punto de recogida. Al día siguiente Pancakes, unas formaciones imposibles en piedra que demuestran que le fuerza del mar y el viento pueden con todo.
Uno de los mejores día del viaje fue el impresionante sobrevuelo de Frank Josef Glacier, en helicóptero, aterrizando justo encima. Una impresionante sensación, con un paisaje sobrecogedor.
Desde Te Anau fuimos a visitar unas cuevas llenas de luciérnagas luminosas. La verdad es que es una sensación mágica adentrarte por los laberintos de cuevas y formaciones de piedra caliza para luego disfrutar de un paseo silencioso en bote bajo el resplandor luminoso de miles de luciérnagas. Este mundo subterráneo es asombrosamente hermoso y según los estándares geológicos las cuevas son muy jóvenes (12.000 años) y todavía se están tallando por la fuerza del río que fluye a través de ellas. El resultado es una red de enredados pasajes llenos de piedra caliza esculpida en roca, jacuzzis y una cascada subterránea rugiente. En definitiva, una experiencia distinta, mucho más recogida, pero también de gran belleza.
Desde Queenstown fuimos a dar un paseo por uno de los bosques del Señor de los Anillos, donde sus centenarios árboles esconden agujeros donde caben varios de nosotros, y la verdad es que el viento moviendo sus ramas sobrecoge un poco. Para distender, al día siguiente hicimos un paseo en lancha rápida que, además de la belleza del paisaje subió nuestra adrenalina.
Para acabar con el repertorio de esta locura de isla sur fuimos a disfrutar de la impresionante belleza del fiordo Milford Sound a bordo de un crucero de un par de horas, donde además de hacernos unos divertidos amigos chilenos, exploramos la región denominada la Octava Maravilla del Mundo. Viajamos a lo largo del fiordo y hacia el mar de Tasmania, entre cascadas que caen a través de valles, exuberantes bosques nativos que se aferran a los escarpados acantilados, mientras focas y delfines nos saludaban desde las rocas. En la cima del Sound gracias al gran día que tuvimos pudimos ver el pico Mitre que se eleva desde el fondo hasta casi 1.700 metros sobre el nivel del mar.
En definitiva, todo lo que os diga es poco. Cada día parábamos el coche más de diez veces, en sus áreas de descanso, para olvidarte de todo, para hacer fotos, para disfrutar…Jamás he visto ni volveré a ver agua de ese increíble color azul. Sin duda, el viaje de mi vida. Si os gusta la naturaleza no os vais a equivocar… Nueva Zelanda tiene Duende.