Canadá es tierra de osos. Desde los grandes grizzlies de las Montañas Rocosas hasta los osos negros que recorren los bosques de Columbia Británica, la fauna forma parte inseparable de la identidad natural del país. Sin embargo, existe un territorio donde el encuentro con uno de estos animales adquiere una dimensión completamente diferente. Lo encontramos en el extremo norte de Manitoba, allí donde la tierra se encuentra con la bahía de Hudson y comienza el mundo del oso polar. Y en este paisaje se encuentra Churchill, una pequeña y remota localidad situada aproximadamente 1.000 kilómetros al norte de Winnipeg.
No hay carreteras que conecten el pueblo con el resto de Manitoba, solo es posible llegar en avión o mediante el ferrocarril. Esa particularidad contribuye a conservar el carácter fronterizo y aislado de Churchill, en un entorno de tundra, costas y espacios naturales donde cada otoño ocurre uno de los grandes espectáculos de la fauna ártica.

Los osos polares convierten Churchill en uno de esos destinos capaces de alimentar durante años un sueño viajero. Pero aquí no se trata simplemente de ir en busca de un animal. Se trata de entrar en un territorio marcado por sus ciclos naturales y comprender por qué, durante unas semanas, cientos de osos se reúnen en las proximidades de la bahía esperando que vuelva a formarse el hielo.
Churchill, la capital mundial del oso polar
El apodo de capital mundial del oso polar no es casual. Cada otoño, Churchill se convierte en uno de los lugares más accesibles del planeta para observar osos polares en libertad. Concretamente, entre mediados de octubre y mediados de noviembre, cientos de ejemplares se concentran a lo largo de la costa de la bahía de Hudson mientras esperan la formación del hielo marino. ¿Y por qué hacen eso? Porque el hielo es mucho más que una superficie congelada. Para los osos polares constituye una parte esencial de su hábitat y de su estrategia de alimentación. Y es que, cuando la bahía se congela, pueden desplazarse sobre ella y acceder a las zonas donde cazan focas. Durante los meses anteriores, muchos han permanecido en tierra, esperando a que las condiciones vuelvan a permitirles regresar al entorno marino.
El paisaje que rodea Churchill ayuda a comprender la magnitud de este ciclo. Alrededor del pueblo se extiende la tundra, un territorio aparentemente vacío, pero lleno de vida, donde también aparecen zorros árticos, caribúes, aves y otras especies adaptadas a unas condiciones extremas. Muy cerca se encuentra Wapusk National Park, una enorme extensión de tundra protegida en la costa occidental de la bahía de Hudson que constituye uno de los principales territorios de reproducción del oso polar.

Llegar hasta aquí supone, por lo tanto, mucho más que visitar una localidad famosa por sus osos. Es alcanzar uno de los límites septentrionales habitados de Canadá y adentrarse en un paisaje donde el clima, el hielo y la fauna determinan buena parte del ritmo de la vida. Y quizá ahí resida una parte importante de la magia de Churchill. Acostumbrados a que todo esté conectado por carretera y a que podamos llegar rápidamente a casi cualquier lugar, aquí todavía hay que dejar que el territorio marque las condiciones del viaje.
El momento de salir al encuentro
Como ya hemos mencionado, el otoño es el gran momento de Churchill. A medida que las temperaturas descienden, los osos comienzan a concentrarse en las proximidades de la bahía de Hudson. La espera puede durar semanas, pero el objetivo está claro. No es otro que regresar al hielo marino en cuanto las condiciones lo permitan. Y para descubrirlos existen diferentes formas de observación. Una de las más conocidas son los vehículos de tundra, especialmente preparados para desplazarse por este terreno y ofrecer una perspectiva segura de los animales. Desde estas plataformas es posible contemplar cómo los osos caminan, descansan, juegan entre ellos o se desplazan por el paisaje.

Recalcamos que es importante que la experiencia se plantee precisamente desde ahí, desde la observación y sin provocar el encuentro. Porque un oso polar no es un animal que deba ser atraído para conseguir una fotografía. La emoción está en verlo comportarse como lo haría, aunque nosotros no estuviéramos allí. Puede aparecer a lo lejos, acercarse al vehículo o desaparecer entre la vegetación. Puede que durante un rato no suceda absolutamente nada… Pero entonces el paisaje empieza a hablar. El viento mueve la vegetación de la tundra, las primeras nieves transforman el horizonte y la bahía se extiende delante de nosotros esperando a congelarse. Y, de repente, una silueta blanca aparece en la distancia. Es difícil imaginar una manera más intensa de contemplar un animal.
Además, Churchill no termina cuando acaba la excursión de avistamiento. Dependiendo de la época, el viaje puede combinarse con otras experiencias naturales, como la observación de auroras boreales o el descubrimiento de los belugas que llegan durante el verano a las aguas próximas al río Churchill. De hecho, esta localidad canadiense es uno de los pocos lugares donde distintas grandes experiencias naturales pueden coincidir en un mismo territorio a lo largo del año.

Una ventana a un ecosistema que está cambiando
Quizá el aspecto más interesante de viajar hasta Churchill sea que, después de contemplar un oso polar en libertad, resulta imposible no hacerse una pregunta… ¿Qué ocurrirá con este paisaje en el futuro? El hielo marino de la bahía de Hudson no es un simple telón de fondo. Es una pieza fundamental del ecosistema y del ciclo vital del oso polar. Como ya sabrás, la especie depende en gran medida del hielo marino para acceder a sus presas, especialmente las focas. Por eso, la pérdida de hielo provocada por el calentamiento global constituye actualmente la principal amenaza para los osos polares.

Así pues, los cambios en el momento en que el hielo se forma y desaparece pueden modificar el tiempo que los osos pasan en tierra y las oportunidades que tienen para alimentarse. En Churchill y en el entorno de Wapusk, científicos y comunidades locales participan en programas de seguimiento que estudian precisamente cómo están evolucionando el hielo, los desplazamientos de los animales y las condiciones del ecosistema. Y todo esto añade una dimensión diferente al viaje.
Después de haber esperado durante horas para ver un oso, ya no resulta tan fácil contemplarlo únicamente como una imagen espectacular. Ese animal blanco que camina por la tundra depende de un territorio concreto, de unas condiciones climáticas determinadas y de un ecosistema que está experimentando transformaciones profundas. De esta forma, el viaje se convierte en una oportunidad para comprender el Ártico, no solo para fotografiarlo. Y eso cambia también nuestra manera de mirar. Porque Churchill permite acercarse a esa realidad de una manera muy tangible, siguiendo el ciclo de uno de los animales más emblemáticos del planeta.

Viajar hasta donde manda el hielo
Hay lugares que se visitan y lugares que se experimentan. Y Churchill pertenece claramente a los segundos. Llegar hasta esta pequeña localidad del norte de Manitoba requiere tiempo y planificación. No hay carreteras que conduzcan hasta ella, por lo que el propio viaje hasta allí forma parte de la aventura. Después llega la tundra, la bahía de Hudson, el frío y la espera. Y finalmente, quizá, el oso. Pero incluso si el encuentro no fuera exactamente como lo habías imaginado, Churchill seguiría teniendo algo que ofrecer. Se trata de la sensación de haber alcanzado un territorio donde la naturaleza todavía marca las reglas.
En Planes con Duende buscamos precisamente esa clase de experiencias. Viajes que no consistan únicamente en tachar un lugar de una lista, sino en comprender por qué ese lugar es especial y qué historias se esconden detrás de sus paisajes. En el caso de Churchill, todo gira alrededor de un ciclo tan sencillo como extraordinario: el oso espera al hielo y nosotros esperamos al oso. Mientras tanto, el viento recorre la tundra, la bahía comienza lentamente a congelarse y el Ártico continúa su propia historia. Y quizá ese sea el verdadero Duende de este viaje; llegar hasta el extremo norte de Canadá para descubrir que, durante unos días, no somos nosotros quienes decidimos el ritmo. Lo decide el hielo.
