La experiencia de atravesar Canadá en tren

The Canadian ofrece la experiencia de atravesar Canadá en tren

Hay viajes en los que el destino importa tanto como el camino. Y después está The Canadian, el legendario tren que atraviesa Canadá de este a oeste y convierte el desplazamiento en una experiencia en sí misma. Subirse a sus vagones no significa simplemente recorrer la distancia entre Toronto y Vancouver. Significa adentrarse poco a poco en la geografía, el ritmo y hasta la vida social de un país enorme, observándolo cambiar a través de la ventana mientras el paisaje se transforma kilómetro a kilómetro.

Quienes han vivido esta experiencia suelen coincidir en que la sensación de viajar a bordo de The Canadian cambia la manera de entender un viaje. Aquí no hay prisa por llegar. El tiempo adquiere otra dimensión, las horas pasan al ritmo de los raíles y el paisaje se convierte en el gran entretenimiento. Y es que, durante varios días, el tren es restaurante, mirador, alojamiento y punto de encuentro. Una forma diferente de conocer Canadá que encaja especialmente bien con esa manera de viajar que busca disfrutar también de lo que ocurre entre un lugar y otro.

De Toronto a Vancouver

Concretamente, el recorrido de The Canadian atraviesa Canadá de costa a costa a lo largo de aproximadamente 4.466 kilómetros, conectando Toronto y Vancouver en un trayecto que permite descubrir algunos de los grandes paisajes del país desde una perspectiva privilegiada. Con lo cual, la transformación es progresiva. Al abandonar Toronto, el tren se adentra en el paisaje de Ontario, entre bosques, lagos y enormes extensiones de naturaleza. La presencia humana va perdiendo protagonismo y el horizonte comienza a ensancharse. Durante horas, la ventana se convierte en una sucesión de árboles, aguas tranquilas y espacios abiertos que parecen no terminar nunca.

Paisaje de Ontario
Paisaje de Ontario

Después llegan las grandes praderas canadienses. Saskatchewan y Manitoba ofrecen un paisaje completamente diferente, con enormes llanuras, campos de cultivo y horizontes infinitos que cambian de color con la luz del día. De hecho, es fácil tener la sensación de que el tren avanza por un territorio sin límites, especialmente cuando el sol comienza a caer y las praderas adquieren tonalidades doradas. Y entonces… Aparece la montaña. Porque, a medida que The Canadian se aproxima a Alberta, el paisaje vuelve a transformarse. Las Montañas Rocosas comienzan a dominar el horizonte y el viaje adquiere otra dimensión. Los bosques se hacen más densos, los valles se estrechan y las cumbres acompañan al tren durante buena parte del recorrido hasta llegar finalmente a Columbia Británica.

Paisaje de Saskatchewan, en Canadá
Paisaje de Saskatchewan, en Canadá

Uno de los grandes privilegios de hacer este recorrido en tren es, precisamente, atravesar zonas a las que no se llega fácilmente por carretera. No es necesario concentrarse en conducir ni seguir un mapa. Basta con sentarse y observar cómo Canadá cambia delante de nosotros. Un día podemos despertarnos junto a lagos rodeados de bosques. Al siguiente, contemplar las inmensas praderas desde el vagón panorámico. Y unas horas después, encontrarnos frente a las montañas. ¡El paisaje marca el ritmo!

Cuando el trayecto también forma parte del viaje

Hay algo especialmente atractivo en un viaje en el que no necesitamos buscar constantemente qué hacer. Porque, además, The Canadian invita a mirar. Sus vagones panorámicos están diseñados precisamente para disfrutar del paisaje y permiten contemplar el entorno desde diferentes ángulos. Los amaneceres, los lagos, los bosques y las montañas aparecen detrás de los grandes ventanales como si fueran cambiando de escenario durante el trayecto. Además, hay otro detalle que transforma por completo la experiencia, y es que no hay Wi-Fi a bordo en ninguna de las clases. El tren crea así una especie de pausa dentro del viaje.

Vagón panorámico de The Canadian que permite contemplar el paisaje canadiense
Vagón panorámico de The Canadian que permite contemplar el paisaje canadiense

La gastronomía también tiene un papel protagonista. En el vagón restaurante, las mesas se comparten habitualmente con otros pasajeros, de manera que una comida puede convertirse en una conversación improvisada con alguien que llega desde la otra punta del mundo. Un desayuno puede juntar a viajeros con historias completamente diferentes y una cena puede terminar alargándose porque nadie tiene demasiada prisa por levantarse. Esa dimensión social es una de las características más especiales de The Canadian.

Asimismo, dependiendo de la temporada y de la programación disponible durante el trayecto, pueden organizarse actividades a bordo, como charlas culturales o degustaciones de cervezas artesanales y vinos locales en el Park Car, el conocido vagón de cola. Son pequeños momentos que ayudan a convertir el tren en un espacio de convivencia, no simplemente en un medio de transporte.

El Park Car, el vagón de cola de The Canadian
El Park Car, el vagón de cola de The Canadian

Por cosas, así, The Canadian puede ofrecerte un viaje que se comparte. Y quizá esa sea una de las grandes diferencias respecto a recorrer Canadá en coche, pues mientras en carretera el trayecto suele organizarse en torno a kilómetros y paradas, en este legendario tren el propio tiempo entre dos destinos tiene valor.

Dormir sobre raíles

Y cuando llega la noche, The Canadian se transforma. El tren deja de ser únicamente un lugar desde el que contemplar el paisaje y se convierte también en alojamiento. De hecho, dormir mientras el convoy avanza por Canadá permite aprovechar las horas nocturnas para desplazarse y despertarse cada mañana en un territorio diferente. Es una propuesta especialmente interesante para quienes quieren conocer la inmensidad del país sin convertir el viaje en una sucesión interminable de kilómetros al volante, cambios de hotel y jornadas de carretera.

Ventana de un vagón con vistas delanteras en The Canadian
Ventana de un vagón con vistas delanteras en The Canadian

En este sentido, las distintas categorías de alojamiento ofrecen diferentes niveles de comodidad, desde asientos que permiten descansar durante el trayecto hasta cabinas y suites diseñadas para dormir a bordo. La experiencia depende de la clase elegida, pero en todas ellas existe esa sensación difícil de reproducir en otro medio de transporte, la de acostarse en un lugar y despertarse cientos de kilómetros más adelante.

Y entre todos los espacios del tren hay uno que concentra buena parte de su encanto: el Dome Car, el vagón de cúpula panorámica. Su techo acristalado permite disfrutar de una visión extraordinariamente amplia del paisaje. Es uno de esos lugares donde resulta fácil quedarse más tiempo del previsto. Durante el día, las vistas alcanzan las llanuras, los bosques y las montañas; y al caer la noche, el techo de cristal se convierte en una ventana hacia el cielo. Imaginar un amanecer desde allí, mientras el tren atraviesa las praderas, o contemplar la entrada en las Rocosas desde un asiento panorámico resume perfectamente lo que significa viajar en The Canadian.

El Dome Car, el vagón de cúpula panorámica de The Canadian
El Dome Car, el vagón de cúpula panorámica de The Canadian

Un viaje que empieza mucho antes de llegar

Atravesar Canadá a bordo de The Canadian es, en cierto modo, aceptar que no todos los viajes tienen que ser rápidos. En un país de dimensiones gigantescas, el tren propone algo diferente: convertir la distancia en una experiencia. Así que, durante el trayecto, los paisajes cambian, pero también cambia nuestra manera de mirar. Dejamos de contar los kilómetros y empezamos a reconocer las horas por la luz, por el paisaje que aparece detrás del cristal o por las conversaciones que surgen en el vagón restaurante.

Quizá ese sea el verdadero encanto de este viaje, que no hay que esperar a llegar para empezar a disfrutar de Canadá. Las praderas, los grandes lagos, los bosques y las Rocosas forman parte del itinerario tanto como Toronto o Vancouver. Y mientras el tren avanza, el país se va revelando lentamente, sin necesidad de perseguirlo. En Planes con Duende nos gustan precisamente esos viajes en los que el camino deja de ser un trámite. Porque algunas veces la mejor manera de conocer un territorio no consiste en atravesarlo deprisa, sino en darle tiempo para que se muestre. Y a bordo de The Canadian, Canadá se muestra poco a poco, ventana a ventana, paisaje tras paisaje y amanecer tras amanecer.