Perú es uno de esos destinos que parecen contener varios mundos dentro de sus fronteras. La cordillera de los Andes atraviesa el territorio de norte a sur, la Amazonía se extiende en una inmensidad verde y la costa ofrece paisajes áridos que contrastan con el Océano Pacífico. Esta diversidad de ecosistemas explica también una de las grandes riquezas del país, que no es otra que su fauna. Una fauna que es extraordinariamente variada, con especies que han encontrado en Perú algunos de sus últimos refugios.
Viajar para descubrir estos animales es otra manera de conocer el país. No se trata simplemente de hacer una lista de especies que tachar durante el viaje, sino de comprender dónde viven, cómo se relacionan con el entorno y qué podemos hacer para observarlas sin alterar su comportamiento. En Planes con Duende creemos en esa forma de viajar. Son experiencias en las que la naturaleza es protagonista y donde cada encuentro con un animal salvaje sirve también para acercarnos a la historia natural y cultural del territorio.
El oso de anteojos, el guardián de los Andes
Hay animales que parecen pertenecer exclusivamente a los grandes documentales de naturaleza. El oso de anteojos es uno de ellos. También conocido como oso andino, es el único oso nativo de Sudamérica y una de las especies más singulares que pueden encontrarse en los paisajes montañosos de Perú. Su nombre procede de las manchas claras que algunos ejemplares presentan alrededor de los ojos, aunque los patrones varían entre unos y otros. Y, aunque su aspecto resulta inconfundible, quizá lo más fascinante sea descubrir que este gran mamífero vive en ecosistemas donde el bosque, la montaña y la niebla se encuentran.

En este sentido, los bosques nublados de los Andes son uno de sus principales hábitats. Son lugares húmedos, de vegetación exuberante y con una enorme riqueza biológica. Allí, el oso se mueve entre árboles y laderas en busca de frutos, bromelias y otros alimentos. Una de las zonas donde puede buscarse esta especie es el entorno del Santuario Histórico de Machu Picchu, donde los bosques montanos ofrecen un hábitat adecuado para el oso andino. También existen iniciativas de conservación y observación de fauna en diferentes áreas de los Andes peruanos.

Ahora bien, encontrarse con uno no debería convertirse en una persecución. Precisamente, al tratarse de una especie amenazada por la pérdida y fragmentación de su hábitat, la mejor experiencia es aquella que pone por delante el bienestar del animal. Mantener las distancias, evitar ruidos, no intentar atraerlo con comida y seguir siempre las indicaciones de los guías son gestos esenciales.
Además, en nuestra agencia entendemos la observación de fauna como una oportunidad para aprender a mirar. A veces el encuentro será directo; otras, únicamente encontrarás huellas, restos de comida o ramas movidas. Pero todo eso también forma parte de la aventura. Porque en la naturaleza no todo tiene que suceder delante de nuestros ojos para convertirse en un recuerdo.
Lobos de río en la Amazonía peruana
Si los Andes son territorio del oso de anteojos, la Amazonía peruana abre las puertas a otro universo completamente diferente. Aquí los caminos se transforman en ríos, la vegetación parece no tener final y buena parte de la vida salvaje se descubre desde una embarcación. Entre sus habitantes más fascinantes se encuentra la nutria gigante, conocida también como lobo de río. Puede superar los dos metros de longitud contando la cola y vive en grupos familiares que recorren lagunas, cochas y cursos de agua en busca de peces.

Observar estos animales es una experiencia muy distinta a la de buscar grandes mamíferos terrestres. Por ejemplo, durante una navegación tranquila, de repente varias cabezas pueden aparecer sobre la superficie del agua. Además, en ocasiones, las nutrias se sumergen y desaparecen durante unos instantes para volver a emerger unos metros más allá. En este sentido, la Reserva Nacional Pacaya Samiria, en la región de Loreto, es uno de los grandes espacios amazónicos donde puede disfrutarse de este tipo de experiencias. Es más, sus extensas redes de ríos, cochas y bosques inundables albergan una extraordinaria diversidad de especies.
El viaje puede continuar por otros espacios de la Amazonía peruana, como la zona de Tambopata, donde la navegación y las caminatas permiten descubrir diferentes ecosistemas y buscar monos, guacamayos, caimanes, perezosos o numerosas especies de aves.

Y ten en cuenta que en estas zonas el ritmo es importante. La selva no funciona como un zoológico y sus animales no tienen horarios. Puede que una mañana de navegación no ofrezca el encuentro esperado y, sin embargo, regale algo completamente diferente, ya sea el vuelo de un martín pescador, el sonido de los monos aulladores o una familia de capibaras descansando junto a la orilla. Esa incertidumbre es, precisamente, parte de la magia.
Cóndores, vicuñas y flamencos, la otra fauna peruana
La riqueza animal de Perú no termina con sus especies más emblemáticas. Uno de los grandes atractivos del país es, precisamente, poder cambiar de ecosistema en pocos días y encontrarse con animales completamente diferentes.
En los Andes, el cóndor andino representa una de las imágenes más poderosas de la fauna peruana. Sus enormes alas pueden alcanzar una envergadura cercana a los tres metros y observarlo planeando sobre los cañones es una de esas escenas que parecen detener el tiempo. El Cañón del Colca, en Arequipa, es uno de los lugares más conocidos para contemplar su vuelo. Al amanecer, cuando las corrientes térmicas comienzan a ascender desde las profundidades del cañón, los cóndores aprovechan esas columnas de aire para elevarse. No hace falta perseguirlos; basta con esperar y observar cómo aparecen poco a poco sobre las montañas.

Más arriba, en las altiplanicies andinas, aparecen las vicuñas. Parientes silvestres de las llamas y las alpacas, están perfectamente adaptadas a vivir a grandes alturas y forman parte inseparable de los paisajes de la puna. La Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca, en los alrededores de Arequipa, ofrece oportunidades para observarlas en libertad, mientras recorren un territorio de volcanes, lagunas y extensiones abiertas.

Y todavía queda la costa, donde el paisaje cambia radicalmente. En lugares como la Reserva Nacional de Paracas es posible descubrir una fauna adaptada a un entorno desértico y marino, con lobos marinos, aves migratorias y diferentes especies de aves costeras. En determinadas lagunas altoandinas también pueden observarse flamencos, que aportan una pincelada de color a paisajes dominados por montañas y volcanes.

Además, lo interesante no es únicamente la variedad de animales, sino la historia que existe detrás de cada uno. Porque viajar entre estos ecosistemas permite comprender que Perú no tiene una única naturaleza. Tiene muchas. De hecho, ese gran valor faunístico que posee este destino sirve de justificación para viajar a él. Y no olvides que encontrarse con un animal salvaje es un privilegio, y hacerlo sin alterar su mundo es la mejor forma de disfrutarlo. Perú demuestra así que viajar también puede ser una manera de acercarse a la naturaleza con curiosidad y respeto. Un país donde la fauna cambia con el paisaje y donde, en cada encuentro, hay una invitación a mirar el mundo de otra manera.
